Son las 2:47 de la mañana.
Llevas casi una hora mirando el techo. Tu pareja duerme profundo, con esa tranquilidad que a ti se te fue hace rato. Y cada ronquido llega justo cuando estabas por quedarte dormido.
Ya probaste el empujoncito suave. Ya probaste el "date la vuelta" en voz baja, y el que ya no fue tan bajo. Ya buscaste los tapones en el cajón.
Y en algún momento, sin decirlo en voz alta, te cruza la idea: "Mejor me voy al sillón."
Si esta escena te suena, no estás exagerando. Y tu pareja tampoco tiene la culpa.
Y desde el otro lado de la cama…
Si eres tú quien ronca, seguramente conoces la otra versión. Tú no oyes nada. Lo que sí notas es la mañana siguiente: la cara de cansancio, el "otra vez no dormí", la broma que ya no es broma.
O el día en que escuchas: "Esta noche mejor duermo en el otro cuarto." Y tú finges que no te dolió.
Tú no lo haces a propósito. Ni siquiera te enteras. Y aun así cargas con la culpa de algo que pasa cuando ya no estás al mando.
Este texto es para los dos lados de la cama
Para quien lleva meses despertándose a media noche y ya no sabe cómo pedirlo sin que suene a reclamo.
Y para quien ronca, no oye nada y carga con la culpa de todos modos.
Para quien está cansado de escuchar "otra vez estás roncando". Y para quien está cansado de tener que decirlo.
Ninguno de los dos hizo nada malo. Y los dos merecen dormir.